Hacer acrobacias en una pestaña puede parecer más complicado de lo que es, pero a fin de cuentas se la puede remar. Para desmitificar el mundo, este blog-cajón de sastre con las crónicas de un acróbata mal pago.

lunes, 29 de abril de 2013

Crónica desde el lago de aguas tranquilas



Nuestro lago no tiene pedrerías, ni muchos interrogantes. Es un ecosistema de insectos y flora, pero uno siempre está satisfecho. Por aquí las aguas son tranquilas, o por lo menos así nos gustaría que fuera la mayor parte del tiempo. De vez en cuando surge algún tumulto o se agita alguna historia que termina provocando escándalos. Pero son hechos aislados. La peor de todas, quizá, ocurrió hace muchas primaveras.

La debacle, si así puede decírsele, fue ocasionada por la llegada de una impostora. Muchos la creyeron una más de nosotros, solo que un poco altiva y con tendencia depresiva porque se aislaba. Pronto descubrimos que fingía, o al menos que era una indecisa: alternaba las plumas con la piel; abandonaba unas hermosas alas en pos de caminar sobre dos patas larguísimas. Pero se nota que la intrusa es una histérica: no se decide a conservar las plumas o a quedarse con esa piel escamosa suya. A veces otro de su especie la visitaba: uno menos histérico, pues no se transforma.

La realidad es que nunca la comprendimos, para empezar porque no pudimos comunicarnos. De tan impostora que era también resultaba analfabeta en nuestro idioma. A algunos de  la comunidad les despertaba compasión por su soledad ebúrnea; a otros, risas. Algunos sugirieron congraciarse con ella rodeándola y efectuando nuestra tradicional danza de consuelo pero no hubo consenso. Como en una burda parodia intencionada, ella de vez en cuando se mandaba algún que otro paso ridículo en solitario. Lo tomamos como una ofensa.

Pero la convivencia llegó a su fin. Ese día, en el punto álgido de la vida de la impostora se armó una gresca de aquellas. Al muchacho de espada que venía siempre se le sumó otro sujeto de atavíos excéntricos. Terminaron tironeando a la intrusa, a punto de desplumarla como a una tosca gallina. A mí me dio alegría. A mi familia también. Quizá terminasen desmembrándola o por lo menos llevándosela de nuestro lago.

Debo confesar que la curiosidad me pudo, y me desplacé por las aguas hasta aquel barranco que surgía de entre el bosque, como la burda cabeza de un pato cuando emergen con su poca elegancia del fondo de las aguas. Allí también se congregaron más curiosos de mi especie, agitados y expectantes.

Se oyó el grito.

".