Hacer acrobacias en una pestaña puede parecer más complicado de lo que es, pero a fin de cuentas se la puede remar. Para desmitificar el mundo, este blog-cajón de sastre con las crónicas de un acróbata mal pago.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Faunas de balcón

Mudarme a un departamento con balcón fue una deuda personal que saldé hace poco.
Mi madre me consiguió algunas plantas que le dieron una ilusión de verdor, de pequeño cuadradito de patio suspendido en el aire. Ese cuadradito resultó ser multiuso: microclima tropical para las plantas, espacio para tomar sol cando viene ella, hasta lugar para echar la almohada y dormitar en una noche muy calurosa.
Ante ese desarrollo de los acontecimientos y posibilidades comencé a interesarme más por los balcones y sus habitantes, entre los cuales me incluyo. En estos días me he formulado preguntas, algunas de ellas muy inquietantes:
  1. ¿Es normal preferir desarrollar una vida en el balcón antes que en el interior del departamento?
  2. Situación posible: a mí me gusta sentarme a fumar allí, con las piernas sobresaliendo entre el barandal, suspendidas. Esto genera un problema de, digamos, jurisdicción.  ¿Y si me quiebro la pierna salida de las rejas del balcón porque justo me cae un pedazo de nave aeroespacial? ¿Qué haría en ese caso la compañía de seguros? ¿Me cubrirá aún cuando las piernas no estuvieran dentro de los metros cuadrados del departamento?
  3. Situación deseable: espero que la ciencia avance y algún día nos permita, mediante algún dispositivo, ejercitar el salto al estilo del Super Mario Bros., pero en lugar de saltar de un tubo a otro utilizar las balaustradas como puntos de apoyo. Seguramente se impondría como el ejercicio de moda en las grandes ciudades contemporáneas.
En un intento de resolver estas dudas (o de hacer posibles situaciones hipotéticas como la tercera) he salido a explorar la vida urbana y su geografía. Fui a explorar los diferentes tipos de balcones: los hay cerrados como jaulas; los hay ornamentados con balaustres que invitan  a espiar lo que ocurre en su interior; hay algunos con materiales traslúcidos y otros que traslucen el paso del tiempo en los edificios; algunos sirven como atalayas para husmear en las actividades de la calle; otros, como sitio autoprohibido para quienes sufren de acrofobia. Esta última palabra junto con ‘celosía’ forma parte del léxico que he adquirido durante mi investigación. No puedo esperar a usar ‘celosía’ en alguna conversación casual.
El balcón y su estudio me han traído más satisfacciones, incluso las de índole económica. En mi investigación descubrí que aún la gente que vive en un PH o en la planta baja de un edificio, todos ellos ansían en algún momento la vida suspendida entre la casa y el dominio de la calle. Comencé a alquilar el balcón por fracciones de tiempo y el negocio ha prosperado notablemente. El otro día una madre de tres hijos lo alquiló por un espacio de dos horas para leer una revista y refugiarse en el verdor de las macetas; ya me han reservado varios estudiantes para subrayar sus apuntes en el rectángulo del 5to C. debo decir que el comportamiento de cada uno de los que pasan un tiempo allí cambia notablemente, como si respiraran de otro modo la misma ciudad en la que viven el resto de sus días. Incluso los animales que visitan el balcón han cambiado sus hábitos: las palomas –animal asqueroso si los habrá- han abandonado su estupidez habitual y en lugar de chocar contra los vidrios de la ventana parecen comunicarse entre ellas y reunirse a repartir chismes mientras se posan en fila sobre la balaustrada; incluso algunas vienen de noche a mantener a raya a los murciélagos.
La semana entrante tengo que embarcarme en un breve viaje al campo y por lo tanto deberé poner el negocio en suspenso por unos tres días. Me pregunto si no mostraré signos de ansiedad durante ese viaje; me refiero a la ansiedad de, en algún momento, juntar algunas ramas en el lugar donde acampemos y disponerlas para construir un rectángulo enrejado para refugiarme del campo abierto.

domingo, 16 de agosto de 2015

Efemérides: El hombre de la silueta

El hombre decidió que no podría dejar de aparecer. Quizá fue un día como cualquiera. Quizá luego de un evento traumático. No lo sé. Pero empezó a aparecer en el trasfondo de fotografías, a veces de gente desconocida. Empezó a aparecer en cualquier esquina. Levantabas la vista y lo veías.

Luego comenzó a hacerlo en el cine, un arte que llegó a dominar hasta que no fue necesario aparecer a cada minuto, ser visible a toda hora. Para entonces aparecía en la mente de muchas personas atemorizadas de las aves, de las actividades de sus vecinos o simplemente de tomar una ducha.



jueves, 30 de julio de 2015

Crónica platense 9: Desencuentros extremos



Llovía copiosamente, como habían llovido los goles que San Martín de San Juan le repartiera a Boca en abril de 2013. Pero esta crónica no se sitúa en aquel abril sino unos meses después, durante un Día de la Madre que ahora se me vino a la memoria.
Como dictaba cierta costumbre, mi vieja eligió un lugar para ir a almorzar, el cual para conservar la incógnita geográfica diré que era bastante elegante (como le gusta a mi señora madre): mesa con un arreglo floral, vajilla y utensilios de diseño que convocan mis antiguos nervios de mozo ante la platería innecesaria.
Aún así, lo más decorativo de ese mediodía lluvioso no serían los utensilios de mesa sino una suerte de escena paralela al pollo con papas noisette que pediría. Ni bien el mozo se retiró con el pedido y antes de que pudiera reanudar la conversación con mamá, escuchamos que la mujer sentada en la mesa de la izquierda preguntaba lo siguiente a su mozo:
–Disculpe, ¿todavía no llegó Mercedes Forti?– mientras se acomodaba en su silla, en cuyo respaldo ya había puesto su abrigo colorido– Me dijo que iba a estar acá.
El mozo tardó en calzarse la respuesta o reacción más o menos apropiada. Dijo que iba a preguntar a la recepcionista a ver si se había registrado en alguna otra mesa. La señora aprovechó para pedir una copa de vino.

martes, 12 de mayo de 2015

Rejas, rejas

Están creciendo las rejas por todos lados. ¿Se volvieron una pandemia? Fracasamos en cualquier intento de encontrar su epicentro. Siempre fueron parte del paisaje, pero en dosis acotadas.
Hubo tiempos en los que en vez de enrejados había cercas de madera bajas; incluso tranqueras de madera que llegaban a la rodilla, decorando las casas de tías y abuelos. Luego vino la moda de los árboles talados que nos distrajo y dio paso al fierro, tan sigilosamente que uno pensaría en teorías fabulosas: ¿generación espontánea? ¿El hierro se reproduce por mitosis?
En una época creí que era por puro temor al afuera: construye un cerco precioso, si es posible, que combine con la arquitectura sobreviviente del modernismo citadino; así estarás seguro y elegante. Pero comencé a dudar que fuera así, simplemente. Hace unos días caí en cuenta de cómo hasta los edificios derruidos estaban cercados por elegantes figuras de hierro negro. El contraste resultaba fatal. ¿Qué encerraban esas rejas? ¿Algo en plena decadencia? ¿La nada que había dentro?
En verdad, creo que su popularidad es, en parte, por otra causa. No son una separación del afuera: son una excusa, una invitación al voyeurismo. Las rejas brotaron alrededor de las fuentes, de los ministerios, de las diagonales, de las personas sentadas en las plazas. ¿Qué te puede dar más ganas de mirar algo que la aparente prohibición de mirarlo? Es como taparse los ojos pero abrir un poco el tejido de los dedos, solo que acá no espías: ves y te ven que estás viendo.
Algunos árboles se están adaptando a la tendencia y abrazan las rejas con sus raíces. Las aseguran. En breve veremos bosques de hierro y verde. La combinación es interesante desde el punto de vista del color, lo admito, pero cuestionable para los chicos que quieran escalar y rasparse las rodillas.
Y hoy me despierto. Hay un enrejado en torno a mi cama, como si fuera una cuna de patrones geométricos en fierro negro.

sábado, 9 de mayo de 2015

Figurita repetida

Otra vez me quedé atrapado. Todo por ese desgraciado talento mío para quedarme dormido en cualquier lado. Esta vez todo fue por esperarla a Cecilia cuando salía de su turno en la sala de maquillaje. Y yo me vengo a quedar dormido entre la utilería. La verdad es que me había escondido entre las porquerías esas porque quería sorprenderla. Quería darle uno de esos sustos que después de te hacen reír y con eso, activar un poco la cosa. Pero no: me dormí. Debería pegarme recordatorios de que mis planes de seducción suelen terminar en una muy prolija nada. Para peor: no sé si decir que yo la dejé plantada, si ella me plantó o si todo fue una confusión… botánica.
Son las cuatro de la madrugada y estoy atrapado en este set hasta las siete, cuando se despierten las entrañas de este lugar donde filman La aventura del castillo. Un día más de rodaje. Y un día más en que voy a tener que buscar una excusa para hablarle a Cecilia. Bueno, ahora me ahorré buscar el motivo: voy a tener que explicarle el plantazo. La otra vez que me pasó algo así le iba a decir que me había equivocado de pasillo, que me había tomado un valium. Pero cambié de opinión porque no quedaba muy elegante que digamos. Iba a pensar que soy un remolino químico –o peor, un octogenario de alma en un cuerpo de 30 años al que le cambian la sublingual y se le distorsiona la vida–. Mirá si me imagina cayéndome dormido por ahí, con la baba colgando y eso le saca todo el erotismo a la cosa. Entre eso y el miedo a una mala combinación química iba a salir espantada.
Lo que daría por no haberme terminado los puchos.
A esta hora los decorados duermen. Tienen ese sueño que no es silencioso: hacen crujidos raros, de esos que la gente también hace durante el día, pero que casi nadie nota, ya sea porque hay muchos otros ruidos o porque a nadie le importan. Las cañerías fingen estar quietas y ciegas, pero creo que son voyeurs del peor tipo: del que no solo disimula sino que tiene memoria para el detalle más vergonzante y morboso. Como la gente del telo, que te debe espiar por ese espejo doble –no sé si para calentarse o para creerse que está en una película de interrogatorios–.
¿Y las luces? ¡Los reflectores! ¡Reflectores de mierda! A esta hora deben aprovechar para cagarse de risa de todo y todos a los que escracharon durante el día con su luz vigilante, todo eso que Cecilia tiene que disimular con capas de cremas y polvos. Así labura, tratando de ganarle batalla a una iluminación mala en una película mala de clase U.
¿Estoy muy cebado? ¿Le imagino a las cosas una vida secreta más interesantes de la que tienen en realidad? ¿Qué carajo se puede hacer sin un celular ni puchos en un set a oscuras a las 4.30 a.m.? Y encima con una calentura frustrada.
En algún lugar suena un pajarito. Si mi hermano estuviera acá, se pondría a especificarme por qué es un sinsonte y no un mirlo: que el plumaje, que el tono del canto, que el timbre… y después se pregunta por qué tiene menos levante que el vuelo de una gallina. Bah, a esta hora y después de una siesta inoportuna lo del levante bien podría ser algo de familia, como las maldiciones que perseguían a las familias griegas de la obra esa a la que le tuve que hacer la utilería. O como persigue la yeta a la heroína de la telenovela que mira Cecilia por internet en su descanso. ¿Cómo era? ¿Salvajemente apasionada?
¿Dónde estará el pájaro ese? ¿Habría alguna ventana abierta en este estómago de cartón que se hace pasar por paredes de  un castillo? Puta madre. Ahora me voy a tener que obsesionar con el pájaro. Por ahí, de neurosis en neurosis se me pasa volando la hora. Mi tío siempre me decía que yo era un «culo caliente», como dicen en el campo a los que se les antoja una cosa y luego otra, por no tener constancia ni concentración.
Por cierto, ¿en qué estaba? Ah, sí: el pájaro. ¿Dónde habrá una gomera para ese pajarito?

lunes, 30 de marzo de 2015

La Plata y el agua


Desde este blog, no queremos olvidar

Este 2 de abril, en Plaza Moreno, recordamos e intervenimos la realidad en DESBORDES. Artistas y colectivos culturales reunidos.
2 años escribiendo y reescribiendo la narración de los sobrevivientes.
2 años resistiendo al silencio. En la calle, en los tribunales, en las plazas.
2 años intentando escurrir, inútilmente, el agua que todo lo arrasa.
Vivimos épocas de perpetuos desbordes. Vivimos rebalsados, inundados.
Y ya no se trata de lluvias, mareas altas o sudestadas.
Hablar del carácter “extraordinario” de la tragedia natural, es usar la voz de los infames.
Preferimos construir certezas y dar cuenta de la desidia estatal en todos sus niveles, de la voracidad de los privados que diseñan la ciudad, que se la reparten, que se la apropian.
Y esto pasaba antes del 2 de abril del 2013, y seguirá pasando luego del 2 de abril de 2015.


Evento en Facebook:  https://www.facebook.com/events/659402790854813/

sábado, 7 de febrero de 2015

Nueva sección: Acrobacias gráficas

Inauguramos un nuevo apartado para volver aún más confuso el menjunje que es este blog. Acrobacias gráficas consiste en una serie de ilustraciones, viñetas e historietas. En este caso, ilustraciones sobre dos obras de literatura en lengua inglesa.



Acrobacias gráficas: palomatovs

Ante la crisis económica, los presupuestos de guerra de diretrentes países analizan utilizar armas "biológicas" y más económucas.



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