Hacer acrobacias en una pestaña puede parecer más complicado de lo que es, pero a fin de cuentas se la puede remar. Para desmitificar el mundo, este blog-cajón de sastre con las crónicas de un acróbata mal pago.

viernes, 24 de febrero de 2012

Un algo

Un puente.
Un puerto.
Una puerta.
Un entre.

Un fue.
Un está.
Un dejó de ser
un 17
de un
del corriente.

Elegía
o quizá no
en un
diecisiete
del corriente.

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Un algo por Lucas Gagliardi se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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domingo, 19 de febrero de 2012

Del ágora a las estrellas

Un cielo estrellado abre interrogantes: no se trata de qué vemos nosotros en el cielo sino qué ve el cielo en nosotros. ¿Nos ve como nosotros vemos una película? Hace un tiempo me decidí a ver Ágora. No le tenía mucha fe a «otra de griegos o romanos» después de tantas Troyas raquíticas y espartanos anabolizados por el CGI. Qué buenas son las sorpresas, sobre todo cuando uno mismo contribuye a ellas.

Esta vez no me tuve que consolar con la técnica ni con  la  reconstrucción de época. No había tiempo, pasa demasiado en Ágora. Es una cinta de griegos, pero no es tanto una épica para pochochos y coca en un asiento caluroso; en todo caso es una épica de ideas sobre una mujer que ama aprender en un momento en que la curiosidad bien podría matar a una manada entera de leopardos antes que al famoso gato. Dudar siempre es lo que hace a Hipatia ser quién es, un personaje histórico reconocido por sus contribuciones a la filosofía, la matemática y la astronomía. Y no son los asaltos y conflictos en las calles de Alejandría las que marcan el tempo de Ágora sino que las pesquisas de la astrónoma determinan el ritmo de la película y su baile cósmico. 

Hipatia es bonita, muy bonita además de inteligente. Ayuda mucho tener la belleza y profundidad de Rachel Weisz, supongo. Ella está interesada en resolver las dudas que le despierta el sistema heliocéntrico del cosmos. Ella tiene tres pretendientes y varios que preferirían callarla, en una ciudad donde conviven cristianos, judíos y neoplatónicos disputándose la primacía. La Hipatia de Amenábar es sagaz pero profundamente sensible; y a la vez es una figura compleja subsumida en una contradictoria visión de clase: ella y su padre tienen unos esclavos a los que trata con delicadeza, pero por ahí le sale la aristócrata de adentro y dispara algún dardo clasista.

martes, 14 de febrero de 2012

La caída del rayo


Esa mañana desteñida, él salió a  cazar rayos.

Vio asomarse ese temblor de barriga que no estaba en su barriga, sino en la del mundo. El aire pesado se metió por la ventana que la madre dejó abierta al salir; el aire gritaba «¡Centellas!»

Esa mañana de viento inexpresivo, él salió a  cazar rayos.

Él estaba entre sus juguetes, que ya lo aburrían, como la casa sola. El silbido cruzó el cielo y el temblor volvió a ocupar el planeta. Llegó hasta él.

«Miedo» no era el nombre del malestar que lo aquejaba. Tampoco «Pánico» era su apellido ni mucho menos «Pavor» el sobrenombre que le habían puesto sus compañeros de segundo grado. No era miedo lo que estaba por llover, aunque el miedo es líquido y así se esparce. Lo que él sentía era sólido y pesado. El hambre de mundo es sólido y pesado.

Y esa mañana de él y las sierras, salió a cazar rayos.

Siguiendo aquel relato de su abuelo salió con una canasta de mimbre, porque no tenía red para mariposas.

¿Pero qué probaría con un rayo metido dentro de una canasta? La curiosidad tenía esos extraños momentitos de lucidez que se van en un destello. La madre le decía que se quedara jugando mientras ella bajaba al pueblo a hacer las compras, que no saliera.

Él quería el rayo, no su ruido ni sus estertores; porque así le estaría quitando algo al planeta para guardarlo en esa casa donde siempre estaba y podría esperar a que el universo fuera a pedírselo de vuelta

Y allí, llegando a la orilla del peñasco, olió la centella que partía el mundo.

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lunes, 13 de febrero de 2012

Ficciones noticiosas: Presentación

Hace como dos meses me propusieron un proyecto, escribir para una publicación onda Revista Barcelona. A mi, que tengo cepa de pariodista frustrado entre otras cuantas carreras frustradas, me gustó la idea de tomarme el periodismo en joda. Y a la gente en joda, también. El proyecto se cayó pero quedaron algunas ideas y textos escritos que había echo pensando en la revista.

En esta serie de crónicas publicaré alguno que otro de esos delirios de humor negro y, faltaba más, el mal humor y la bronca típica en mí. Primera entrada, como debe ser, con un personaje muy conocido y su gran conciencia social.

viernes, 10 de febrero de 2012

Crónica platense 2: Una voz en el teléfono

Esa noche de enero emprendí otra excursión a casa. Salimos del trabajo a la parada de micros bajo el puente peatonal acompañados por las burbujas y la cebada. La excusa: había hecho un calor irritante en esa cocina, lo que motivó una vaquita para celebrar el fin de la jornada.
Una hora después, ya en casa, estoy frente a la computadora agradecido de que el 273 haya pasado al toque (no como aquella noche épica hasta las 4 de la mañana…). Un ruido quebró la música de Jefferson Airplane que estaba escuchando entonces, un ruido de Astor Piazolla como ringtone de mensajes. «Siempre me olvido de cambiar el ringtone», pensé.

–Hay ruidos raros en el depto. Tengo un cagazo tremendo. Agarré un martillo y me encerré en mi pieza– me comunicó el texto de Lita.
A velocidad nitro –para ser las 2 de la mañana y con dos cervezas encima– mis neuronas me dijeron que apretara la teclita para llamar y averiguar qué pasaba.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Efemérides: la madre de la criatura

–¿Sabés? Siempre me quedé con una duda. Por qué en El último hombre Lionel Verney fue el único que se contagió la peste y sobrevivió.
No se quedó sin reaccionar. Miró como de costumbre al suelo, con esos ojos que encapsulaban la tristeza para no mostrarla como en un escaparate, pero igual se le notaba ese brillo opaco.
–Bueno, primero alguien tiene que vivir para relatar los últimos días de la humanidad. Y segundo, en tu época eso es moneda corriente –levantó la vista–. En las películas de epidemias el actor de más renombre sobrevive o tiene que aparecer el final feliz que regocije al público.
Siempre sospeché que la caracterizaba una sensatez decimonónica mezclada con perfume de láudano; ahora tenía la confirmación. Quizá haber perdido a dos hijos, una hermanastra, una madre y a un esposo (cual película de pandemia) le hubieran forzado a ser romántica en sus historias pero pragmática en la vida. Una vida en que la tragedia se esparcía como cepas virales.
–Respondeme otra cosa. ¿Cuál fue, en definitiva, la ‘chispa de la vida’ que Victor le infundió a su criatura? ¿A qué dios le robó el fuego tu Prometeo?
Cansina y con algo de preocupación me miró de soslayo.
–Ni aún en tu siglo aprendiste que hay cosas que conviene ignorar… Pero si querés comparto el secreto…
Despertar de repente tiene sus bemoles. Para mi fue frustrante. Para la mujer que soñó con aquel muchacho, que en el ecuador de la noche contemplaba su creación espeluznante y catastrófica, debió ser un alivio.

Mary Shelley (30 de agosto de 1797 – 1 de febrero de 1851)

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