Hacer acrobacias en una pestaña puede parecer más complicado de lo que es, pero a fin de cuentas se la puede remar. Para desmitificar el mundo, este blog-cajón de sastre con las crónicas de un acróbata mal pago.

martes, 12 de mayo de 2015

Rejas, rejas

Están creciendo las rejas por todos lados. ¿Se volvieron una pandemia? Fracasamos en cualquier intento de encontrar su epicentro. Siempre fueron parte del paisaje, pero en dosis acotadas.
Hubo tiempos en los que en vez de enrejados había cercas de madera bajas; incluso tranqueras de madera que llegaban a la rodilla, decorando las casas de tías y abuelos. Luego vino la moda de los árboles talados que nos distrajo y dio paso al fierro, tan sigilosamente que uno pensaría en teorías fabulosas: ¿generación espontánea? ¿El hierro se reproduce por mitosis?
En una época creí que era por puro temor al afuera: construye un cerco precioso, si es posible, que combine con la arquitectura sobreviviente del modernismo citadino; así estarás seguro y elegante. Pero comencé a dudar que fuera así, simplemente. Hace unos días caí en cuenta de cómo hasta los edificios derruidos estaban cercados por elegantes figuras de hierro negro. El contraste resultaba fatal. ¿Qué encerraban esas rejas? ¿Algo en plena decadencia? ¿La nada que había dentro?
En verdad, creo que su popularidad es, en parte, por otra causa. No son una separación del afuera: son una excusa, una invitación al voyeurismo. Las rejas brotaron alrededor de las fuentes, de los ministerios, de las diagonales, de las personas sentadas en las plazas. ¿Qué te puede dar más ganas de mirar algo que la aparente prohibición de mirarlo? Es como taparse los ojos pero abrir un poco el tejido de los dedos, solo que acá no espías: ves y te ven que estás viendo.
Algunos árboles se están adaptando a la tendencia y abrazan las rejas con sus raíces. Las aseguran. En breve veremos bosques de hierro y verde. La combinación es interesante desde el punto de vista del color, lo admito, pero cuestionable para los chicos que quieran escalar y rasparse las rodillas.
Y hoy me despierto. Hay un enrejado en torno a mi cama, como si fuera una cuna de patrones geométricos en fierro negro.

sábado, 9 de mayo de 2015

Figurita repetida

Otra vez me quedé atrapado. Todo por ese desgraciado talento mío para quedarme dormido en cualquier lado. Esta vez todo fue por esperarla a Cecilia cuando salía de su turno en la sala de maquillaje. Y yo me vengo a quedar dormido entre la utilería. La verdad es que me había escondido entre las porquerías esas porque quería sorprenderla. Quería darle uno de esos sustos que después de te hacen reír y con eso, activar un poco la cosa. Pero no: me dormí. Debería pegarme recordatorios de que mis planes de seducción suelen terminar en una muy prolija nada. Para peor: no sé si decir que yo la dejé plantada, si ella me plantó o si todo fue una confusión… botánica.
Son las cuatro de la madrugada y estoy atrapado en este set hasta las siete, cuando se despierten las entrañas de este lugar donde filman La aventura del castillo. Un día más de rodaje. Y un día más en que voy a tener que buscar una excusa para hablarle a Cecilia. Bueno, ahora me ahorré buscar el motivo: voy a tener que explicarle el plantazo. La otra vez que me pasó algo así le iba a decir que me había equivocado de pasillo, que me había tomado un valium. Pero cambié de opinión porque no quedaba muy elegante que digamos. Iba a pensar que soy un remolino químico –o peor, un octogenario de alma en un cuerpo de 30 años al que le cambian la sublingual y se le distorsiona la vida–. Mirá si me imagina cayéndome dormido por ahí, con la baba colgando y eso le saca todo el erotismo a la cosa. Entre eso y el miedo a una mala combinación química iba a salir espantada.
Lo que daría por no haberme terminado los puchos.
A esta hora los decorados duermen. Tienen ese sueño que no es silencioso: hacen crujidos raros, de esos que la gente también hace durante el día, pero que casi nadie nota, ya sea porque hay muchos otros ruidos o porque a nadie le importan. Las cañerías fingen estar quietas y ciegas, pero creo que son voyeurs del peor tipo: del que no solo disimula sino que tiene memoria para el detalle más vergonzante y morboso. Como la gente del telo, que te debe espiar por ese espejo doble –no sé si para calentarse o para creerse que está en una película de interrogatorios–.
¿Y las luces? ¡Los reflectores! ¡Reflectores de mierda! A esta hora deben aprovechar para cagarse de risa de todo y todos a los que escracharon durante el día con su luz vigilante, todo eso que Cecilia tiene que disimular con capas de cremas y polvos. Así labura, tratando de ganarle batalla a una iluminación mala en una película mala de clase U.
¿Estoy muy cebado? ¿Le imagino a las cosas una vida secreta más interesantes de la que tienen en realidad? ¿Qué carajo se puede hacer sin un celular ni puchos en un set a oscuras a las 4.30 a.m.? Y encima con una calentura frustrada.
En algún lugar suena un pajarito. Si mi hermano estuviera acá, se pondría a especificarme por qué es un sinsonte y no un mirlo: que el plumaje, que el tono del canto, que el timbre… y después se pregunta por qué tiene menos levante que el vuelo de una gallina. Bah, a esta hora y después de una siesta inoportuna lo del levante bien podría ser algo de familia, como las maldiciones que perseguían a las familias griegas de la obra esa a la que le tuve que hacer la utilería. O como persigue la yeta a la heroína de la telenovela que mira Cecilia por internet en su descanso. ¿Cómo era? ¿Salvajemente apasionada?
¿Dónde estará el pájaro ese? ¿Habría alguna ventana abierta en este estómago de cartón que se hace pasar por paredes de  un castillo? Puta madre. Ahora me voy a tener que obsesionar con el pájaro. Por ahí, de neurosis en neurosis se me pasa volando la hora. Mi tío siempre me decía que yo era un «culo caliente», como dicen en el campo a los que se les antoja una cosa y luego otra, por no tener constancia ni concentración.
Por cierto, ¿en qué estaba? Ah, sí: el pájaro. ¿Dónde habrá una gomera para ese pajarito?

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