Hacer acrobacias en una pestaña puede parecer más complicado de lo que es, pero a fin de cuentas se la puede remar. Para desmitificar el mundo, este blog-cajón de sastre con las crónicas de un acróbata mal pago.

sábado, 26 de julio de 2014

Ella revivía demasiado

Alicia Cordia era una mujer promedio. Digamos, era lo que en boca de vecinos desinteresados sería calificado de «normal»; en boca de vecinos snobs sería «pueril» y en las fauces de algunos adolescentes, una «anti» por no jugársela en ningún aspecto de su vida. Tan a rajatabla cumplía con su papel de persona promedio que resultaron bien corrientes los motivos por los que volvió de la muerte a intervalos más o menos regulares.

Aquel jueves memorable salió de su casa aproximadamente a las once de la mañana, con luz de otoño entre las nubes. La consulta con el ginecólogo había sido programada contra su voluntad en un incómodo horario que le dificultaría pasar por la escuela a buscar a Andrés y a Francina. Y fue en aquel consultorio al fuera a controlar sus exámenes oncológicos donde hizo su viaje debut hacia el inframundo. Curiosamente, la muerte no tuvo nada que ver con su revisión médica sino con el inesperado cierre de su garganta. Ese cierre fue provocado por un caramelo artesanal de cereza ofrecido por la atenta recepcionista, uno que ella confundió por el color rojo con uno de frutilla. La alergia conquistó su territorio al ver bajas las defensas gracias a esa tramposa elección de colores. Y así, Alicia murió su primera muerte.

Los testigos de la morgue del hospital admitirían en retrospectiva la curiosidad en el hecho de ver a una mujer que vagaba por el sótano del hospital cubierta por un descuidado manto sintético. «Como saliendo de la morgue», diría uno de estos empleados. Según admitirían también, el aspecto promedio de Alicia y la falta de hinchazón o del edema laríngeo que había tenido unos minutos antes en la garganta no los habían predispuesto para hacerse las preguntas de rigor.

–Se me ocurren muchos chistes baratos de zombies. Pero no, en ese momento no se me cruzó por la cabeza que esa señora de pelo marrón común estuviera recién salida de la urna– declaró Gerbacio, empleado de la morgue.

Pero donde sí hubo algo de sorpresa fue entre algunos de los docentes de la escuela de sus hijos cuando la señora Cordia se presentó descalza y con un extravagante vestido de una pieza de lo que parecía ser nylon. Aún así, la profesora de plástica de Andresito consideró este hecho como un pequeño detalle de color en una mujer que de otro modo resultaba demasiado corriente. Convenció al resto del plantel docente de que le permitieran, por una vez, una excentricidad que ni siquiera respondía a las tendencias dictatoriales de la pasarela.

Por supuesto que hubo notificaciones desde la morgue, llamados, confusiones y cruces de exclamaciones en casa de Alicia cuando su esposo tuvo que salir a convencer a todos de que su mujer, efectivamente, parecía estar viva.

–Si está cocinando su strudel, el que ayer dijo que iba a hacer.

Sin embargo, ante las pruebas de que Alicia había fallecido y permanecido suspendida lejos del mundo de los vivos por unos cincuenta minutos al menos, César Cordia tuvo que admitir que algo cuando menos peculiar había ocurrido. No me detendré en los detalles del asedio de la prensa, las notas y coberturas sobre el milagroso caso de la señora que se levantó de la tumba porque se había olvidado de ir a buscar a sus hijos al colegio (o de cocinar un platillo prometido, como afirmaron los medios más sensacionalistas). Baste decir que el entusiasmo despertado a raíz de este primer regreso se iría apagando a medida que los subsiguientes episodios fueran agotando la novedad.

–El morbo pierde su impacto a fuerza de repeticiones– dijo algún vecino cansado de que lo interrogaran por aquella mujer que vivía a dos casas y parecía estar indecisa entre los dos mundos.

Y así, pasadas las semanas, llegó la segunda muerte a fuerza de un vehículo que la embistió cuando iba de camino a devolver películas al videoclub (Alicia se negaba a mirar películas por Internet dado que siempre se le colgaban las páginas). Esta vez no llegó a la morgue del hospital, sino que se levantó con la cadera ya acomodada cuando la ambulancia estaba a dos cuadras. Se acomodó el cabello, se limpió la sangre de la boca y enfiló las cuatro cuadras que faltaban para ir a devolver  Río místico. «Si el destino fuese burdamente irónico, la película a devolver habría sido La muerte le sienta bien», pensó.


Víctor, su vecino de la vereda opuesta, estaba en la escena del choque e intentó convencerla de que esperase la ambulancia. No podía creer el milagroso estado de Alicia, pero paulatinamente fue cayendo en cuenta luego de que ya no era algo novedoso. Alicia nunca había sido una mujer caracterizada por lo novedoso, y ahora, entre la vida y la muerte, tampoco lo era. Finalmente, Víctor la dejó ir. Se había puesto a pensar en lo desgraciada que ya era Alicia por tener un esposo que no quería pagar una buena conexión a internet de modo tal que la mujer se ahorrara los alquileres de DVDs.

Este segundo episodio no fue uno más para esta mujer: la hizo pensar. Quizá fallecer se volvería una parte habitual de su vida, del mismo modo que pagar las cuentas. Después de todo ya iban dos veces y bien podría haber una tercera esperándola en cualquier esquina. Y la habría, como también una cuarta, quinta, sexta… Alicia lloró un poco en esos primeros días después del replay sufrido en la calle. Lloró primero por motivos que algunos calificarían de «serios» y también por otros que algunos considerarían «banales»: por estar condenada a fallecer en cualquier momento; por no poder descansar en paz; por no recordar nada del momento en que estuvo entre un mundo y otro; porque la parca interrumpiría el próximo capítulo de alguna serie en forma definitiva. Al final de esa semana ya no distinguía mucho las banalidades de las que no lo eran tanto. Le empezó a preocupar su aspecto:

–Tendría que pensar una muerte más estilizada para la próxima, que no me deje con toda la ropa harapienta o corrida como ese día en la calle– por eso, dedicó las siguientes semanas a revisar revistas viejas de consejos femeninos. Desde entonces no volvió a salir de su casa con pollera si no se colocaba antes un par de impecables medias de lycra. No quería provocar un espectáculo indecente o que lo primero que resaltaran de su cadáver, si moría en verano, fuera la falta de bronceado en sus piernas.

A todo esto, cabría preguntarse por el estado de su familia ante lo que se encaminaba a ser un triste record en la vida de Alicia. Su hijo Andrés estaba menos traumado de lo que uno esperaría de un niño de doce años. Quizá el efecto repetitivo de los episodios de su madre, sumado a años de muertes paternas traumáticas en películas de Disney habían amortiguado el impacto. Además, la idea de tener una mamá que tenía algo de zombie le resultaba un tanto atractiva. Francina, en cambio, se fue volviendo más taciturna, acostumbrándose con los años a la idea de que no tendría una confidente fija en su casa. Por eso, aprovechando su subsiguiente adolescencia se refugió cada vez más en sus amigas. Alicia pasaría a ser para ella alguien que podía estar hoy y no mañana, una presencia tan efímera como el vapor.

Alicia murió más veces. Pero olvidó apagar una hornalla y tuvo que volver. Se vencía la boleta de luz y tuvo que resucitar en la misma fila del banco para abonar. Quería asistir a la comunión de su sobrina para no quedar mal y tuvo que volver discretamente para no opacar a la niña en su día con una tragedia innecesaria. Tuvo más episodios de crisis existencial y accesos de risa. Hizo chistes con amigos en alguna cena o bromeó con el cajero del supermercado sobre su capacidad de sobrevivir hasta a las grasas trans y al sodio. Su esposo se acostumbró a que, cada día, despedirse de ella antes de ir a trabajar tuviese una muy amplia ramificación de significados posibles. Sus hijos, a tener una madre que había apilado una actividad más en su agenda. Su hijo, en particular, pensó que era inmune a las epidemias de las películas de catástrofes y se alegró. Como dije, a fuerza de repeticiones, esta historia desteñía su propio morbo, como un vampiro que se muerde a sí mismo.

–La muerte es como una gran agenda– se dijo Alicia una tarde, luego de su cuarta y antológica muerte en un supermercado–: por más que yo no la escriba, la muerte existe  y no le escapo a su cita con ninguna excusa sobre hijos enfermos. – Se enorgulleció de esa comparación.

Con el correr de los años, Alicia se aburrió de su singularidad. También se produjo un cambio en su rutina, luego de una seguidilla de meses en que vio  documentales y leyó libros sobre ecología. Una tarde de agosto decidió abrazar definitivamente cierta causa ambientalista. Decidió pasar de las bolsas de reciclaje a militante activa. Quienes no la conocieran (o quienes escuchen este recuento apresurado) pensarían que fue un cambio abrupto, pero en realidad fue produciéndose paulatinamente en su interior. Fue una causa que recogió de uno de los arranques pasionales de su Francina de dieciséis años, que como tantos otros, esta última agotó rápidamente pero que en Alicia perduró. Ya como estudiante universitario y militante político, Andrés celebró el cambio en su madre, que dejaba de ser una zombie metafórica en su vida para tratar de hacer algo distinto en su rutina.

De camino a una marcha, un alto en su corazón la detuvo finalmente.

Su familia esperó hasta la medianoche con la calma ya habitual que habían sedimentado los años. Resultaba extraño que tardara tanto en levantarse y caminar nuevamente de regreso a casa. Nunca había llegado a tardar tanto como para ser alcanzada por los procedimientos de la autopsia en la Morgue, ese lugar que Francina, entre el chiste y el cariño, había bautizado «la puerta giratoria». Se rindieron al día siguiente cuando las señales se mostraron irrevocables.

El funeral convocó a algunos medios de prensa memoriosos y hasta nostálgicos. Con suerte, también convocó a algún guionista que transformaría aquella parpadeante vida en una de esas series que tanto le gustaban a nuestra Alicia.

Mientras su padre hacía los últimos arreglos con el personal de la casa funeraria, dos posibilidades –ninguna de ellas halagadora– se le cruzaron por la cabeza de diecinueve años de Andrés: las leyes de la trascendencia y permanencia eras unas ortivas: o bien se encanutaban el secreto que ponía en marcha una vida o bien su combustible era nada menos que caprichoso azar.

Llegó a la conclusión de que su madre había terminado de revisitar la vida cuando decidió salirse del libreto. Quizá a la trascendencia le había parecido que una anfibia como Alicia podría aportar demasiados secretos a las causas revolucionarias –lo que para la trascendencia sería lisa y llanamente hacer trampa–. O quizá, simplemente, la muerte haya querido que Alicia se quedase con ella cocinándole su famoso strudel, perpetuando así la rutina de una mujer que todos consideraban promedio.

–Claro – se dijo Andrés, con una reciente seguridad– ¿Qué rutina supera a estar muerto?

Pensó que lo superaba el ser un fantasma, un ser condenado a existir dependiendo del recuerdo de los vivos. Por eso prefería a los zombies como destino final, porque aunque sufrieran de un rutinario e insaciable apetito por sesos y tripas, su falta de memoria a corto plazo convertía cada homicidio asqueroso en una nueva aventura. Esa noche durmió tranquilo. 
".